NARUA – CRÓNICA ESCRITA POR UNA PAJARITA

Aparece un gorrión en una rama

Laura vuelve a regalarnos un relato sobre su experiencia en el taller Vive tu Cuerpo Habita tu Vida de Narua.

Me llamo Glodiaf soy una pajarita. Como soy pequeña y pocos advierten mi presencia, soy una observadora privilegiada de muchas escenas. El pasado domingo me colé por una ventana. El cristal estaba roto y entré en una sala de techos altos, blanca y completamente despejada. Había música, buena música y en el suelo hojas de colores, cartulinas, rotuladores, ceras, papeles, revistas, tijeras y pegamento. Primero imaginé que era una escuela infantil. Olía a cola de papel. Pronto me di cuenta que los que estaban haciendo aquel mural en un papel gigante eran adultos no niños. A veces como pajarita que soy, me cuesta entender las costumbres de los humanos. Ellos no se percataron de mi presencia. Estaban todos sonrientes y concentrados. En general no hablaban demasiado y cuando lo hacían eran amables. No parecía una amabilidad fingida, salía desde lo profundo de cada garganta, allí donde dicen que los humanos tienen el corazón. Me parecía que hablaban sin palabras, o que hablaban con el cuerpo, con las manos, con la cintura y hasta con los dientes. En esta ciudad últimamente no me he sentido bien en casi ningún lugar, así que decidí quedarme allí. Mis ojillos miopes observaron al grupo. Sentados sobre el suelo y sin zapatos. Vestían de colores. Todos recortaban, escribían y pintaban. Aha! Empecé a entender que hacían. Tuve que volar de un lado a otro de la desnuda sala. Pegaban sus propias fotografías y alrededor escribían. Hablaban bajito de sentimientos, emociones y proyectos. ¡Eran tan diferentes!. Cada uno parecía no tener nada que ver con el anterior y sin embargo en grupo se movía al tiempo y en armonía como las olas del mar. Como si estuvieran unidos por hilos transparentes. Como una especie de orquesta de múltiples instrumentos donde cada uno tiene su lugar. No, no había director. Volé de nuevo. No entendía mucho aún de lo que allí sucedía, pero algo sucedía y era algo que invitaba a quedarse, a no moverse de allí. Sí, me gusta esa descripción a pesar de ser algo difusa e inacabada: “allí sucedía algo que invitaba”. Cuando se lo cuente a Blif, mi amigo, me dirá que termine la frase. Seguro que me pregunta ¿algo que invitaba a qué?. A él le gusta mucho los qués y los porqué de todo lo que ve. No tengo ni idea que le podré explicar. ¿Se puede explicar la sensación de ser invitado? Es como si el espacio y la atmosfera invitaran a cada uno de los que estaban allí a una cosa diferente. A mí me invitaba a quedarme y observar. Entonces alguien dijo “¿qué os une a los demás?” y aquel collage pareció despertar y empezar a moverse. Los pintores, creadores, amigos…-no sé cómo llamarlos, no estoy acostumbrado a ver cosas como ésta- empezaron a girar alrededor del papel gigante, leyendo cada espacio. Inició el movimiento. Los vi sonreír, hablan entre ellos, un poco más alto de como hasta ahora lo habían hecho. Unían unas frases con otras, hicieron flechas de colores, redondeaban frases enfatizando con más colores. Pintaron caminos que unían las creaciones de unos con las de otros. Espirales y lianas empezaron a unir imágenes y letras. Asentían con mirada cómplice. ¿Qué había escrito allí? No lo sé, aun no domino el lenguaje de los humanos en su forma escrita. Debían ser cosas importantes, por sus caras y el tono de su voz. Alcé el vuelo, satisfecha. El sol me llama y voy a beber agua a un parque cercano, pensando en el extraño grupo de adultos pintores. He vuelto otros días a ese lugar, me gusta observar a los humanos cuando están relajados. Allí cada día hay gente diferente. A veces danzan otras hablan o se quedan en silencio sentados sobre sus rodillas. Pero siempre parecen estar satisfechos. En esta ciudad no es frecuente ver a los humanos así, al contrario. Si supiera hacerme entender se lo explicaría a otros humanos, a los del parque, a la abuela del ático, al guardia de seguridad del mercado, a los niños de la escuela, a la familia que me deja pan en la ventana. ¡Se me ocurren tantas personas! Pocos escuchan ya los cantos de los pajaritos. Los habitantes de esa sala, al menos algunos de ellos creo que sí escuchan. Pero bueno, por si acaso, yo cuando voy allí prefiero no cantar y que no me vean y seguir así siendo una observadora privilegiada de rincones donde Madrid deja de ser gris.

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Este y otros relatos puedes consultarlos en:

https://lineasenlamano.wordpress.com/

 

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